25 de noviembre de 2009

La sonoridad hace que todos estemos sordos, que no veamos más allá del aura que nos envuelve, que nos aprisiona dentro de nuestro propio egocentrismo. Menos mal que todavía hay personas que quitándose la escarcha de los hombros gritan a los grandes edificios, los rompen, y en su lugar plantan un árbol en el que pondrá su nombre en más de una hoja, en más de una rama.
Todavía hay esperanza, no estamos muertos, aun, podemos seguir luchando, podemos seguir soñando y mandarlo todo a la mierda, si es necesario.
Pero es necesario callar, esperar; esperar al momento oportuno para poder acabar con los gigantes de metal y cemento.