27 de enero de 2010

Memoria en cocción.

Es curioso como los recuerdos nos asalta sin previo aviso, como las neuronas intercambian información que se a creído olvidada y vuelven a nosotros como si del flash de la recién estrenada cámara se tratase, es muy curioso. Después de cerrar el paraguas con sumo cuidado, para no mojar la chamarreta nueva, metí la llave en la cerradura oxidada del viejo portón- recuerdo cuando entraba maltratando los escalones de la empinada escalera y gritándole a mi hermano porque tenía un cromo más que yo, a pesar de que anteriormente mi madre nos había avisado de que no lo hiciéramos- al llegar al primer piso busco en el llavero la llave con más óxido y abro la segunda puerta, detrás de ella un pequeño recibidor. Toda la estancia contaba con un tono sepia- recuerdo los calurosos veranos en que nos sentábamos allí para soportar la ola de calor, con la sinfonía de abanicos y risas, nunca lo olvidaré.
Sentado en la cocina con mi té caliente charlando con mis abuelos, nunca hablamos de nada concreto, simplemente hablamos- es como si todavía escuchara los gritos, los pasos, las risas de aquellas partidas multitudinarias de bingo en la que jugábamos para reírnos un poco, pequeños y mayores. Me despido con un beso y salgo por el portón, la enorme puerta de cristal y metal verde que da a la salida; miré al balcón con dificultad, ya que en una mano tenía la bolsa con el puchero de los domingos y con la otra sujetaba el paraguas, vislumbré la silueta de las dos caras que me despedían.